En estos días, se hace difícil escribir sobre temas que no tengan que ver con la pandemia que nos azota. Por ello ya me perdonarán si esta vez, también yo, en este blog que es su blog, me refiero a este asunto. Y es que la mente no permite escapar del único tema que nos viene preocupando, lógicamente. Ya advierto que mi punto de vista, por deformación profesional, tendrá un sesgo evidentemente social, de ahí el título de “efectos de la globalización“.

En estos últimos días, vemos que se están publicando más borradores sobre planes de contingencia social y económica que próximamente se pretenden implantar. También se habla sobre las medidas de desescalada progresiva del confinamiento. Y ya se está hablando de las medidas que a nivel judicial y extrajudicial habrá que tomar respecto de aquéllos que precisen acceder a la Ley de Segunda Oportunidad. Obviamente, lo primero es atajar el problema sanitario, con tantos contagios aún diarios, tantos fallecidos… y en ello está el país, confinado, y nuestro excelente sistema sanitario, y por consiguiente, cada vez, con más altas hospitalarias.

Las grandes plumas de este país no paran de indicarnos que uno de los grandes efectos positivos de la globalización es que la vacuna para el coronavirus surgirá de manera más rápida, gracias a la colaboración de diversos países e instituciones, cuyas experiencias pueden compartirse de manera más ágil e inmediata.

De momento, si alguna cosa está quedando clara en toda esta crisis sanitaria generada por la COVID-19 es que la globalización entraña también ciertos problemas. A nivel sanitario se ha demostrado con la rápida expansión del virus. También la globalización ha afectado a la hora de intentar proveernos de los recursos necesarios para combatir el virus: los famosos EPIS, los respiradores, etc, y se ha demostrado la necesidad de combinar la importación de productos con la imprescindible producción nacional (el autoabastecimiento) que se ha impulsado a marchas forzadas.

Y quizás esta última ha sido la lección mejor aprendida hasta ahora, aunque sea por necesidad: que precisamos potenciar más la industria nacional. No se trata de fomentar la autarquía, pero sí de evitar depender absolutamente de los oligopolios que limitan la capacidad de respuesta ante carestías puntuales de productos básicos. Sólo la industria genera verdadera riqueza a un país, así que este autoabastecimiento, además de salvar vidas, mejora también la situación económica del país y con ello de las personas que lo habitan.

A nivel económico, todos los indicadores hacen prever que, tras la crisis sanitaria, se producirá una expansión de la crisis económica. Si bien algunos profetizan que la globalización posibilitará la generación de sinergias que faciliten la recuperación de zonas económicas que colaboren entre sí, no son pocos los que también advierten de que esa misma globalización ahondará en las diferencias sociales, los bajos salarios y la precarización de la economía.

Sobre este último punto, quien suscribe estas líneas, ya en el año 2013 envió una carta al diario “La Vanguardia” (que tuvo a bien de publicar) advirtiendo respecto de alguno de estos aspectos que ahora estamos sufriendo.

Ayer, comentando este asunto por videoconferencia (el confinamiento marca nuestra forma de relacionarnos) recordé dicha carta que, bajo el título de “La deslocalización”, toma en estos días mayor vigencia. Ya sé que no queda nada bien citar a uno mismo, pero me perdonarán este acceso de soberbia pues el confinamiento altera hasta en estos apetitos. Al fin y al cabo, es también esa deslocalización la que nos lleva a la existencia de la Ley de Segunda Oportunidad, pues no se puede desligar la causa de los efectos que genera el propio sistema.

Así pues, adjunto link del diario con la publicación de referencia que rezaba como sigue:

La deslocalización

Recientemente se han publicado dos noticias, el desastre de Bangladesh y la bajada de tipos de interés, que invitan a pensar que quizás este modelo actual de capitalismo desregularizado y de libre mercado va llegando a su fin, pues poco ofrece. El modelo de riqueza basado en producir en Asia y África sin control ninguno mientras la pulcra Europa juega a las finanzas y al I+D tiene sus días contados.

No se puede competir con producciones a bajo coste en las que no se respetan los derechos de los trabajadores ni las más mínimas medidas medioambientales. No puede ser, es imposible. Pero además, es inhumano. Este modelo hipócrita conlleva que exijamos unos estándares internos que no perseguimos en aquello que importamos.

La deslocalización industrial nos empobrece, no sólo moralmente, sino también económicamente, y nos deja sólo con los servicios, que siempre deberían ser proporcionales al volumen de tejido industrial, cada vez más escaso en Europa. Ello conduce al desempleo. Y esto, señores, no se arregla sólo bajando tipos de interés.

El comunismo naufragó por la imposibilidad de convivir y competir en un mundo capitalista feroz. El modelo actual fracasará en Europa en la medida en que no tengamos nada más que ofrecer que burócratas protocolos de actuación y sigamos pensando que el bienestar pasa por aprovecharse del desfavorecido.

https://www.lavanguardia.com/participacion/cartas/20130508/54373307606/la-deslocalizacion.html